De Somalia a Tenerife

Las últimas semanas buena parte de la actualidad informativa ha girado en torno a dos casos que de una forma u otra han ocupado las páginas y los minutos de los medios de comunicación y por ende de las tertulias privadas. Me estoy refiriendo al secuestro del Alakrana y al desgraciado accidente de la niña fallecida en Tenerife víctima, por lo que cuenta la autopsia, de un golpe en la cabeza jugando con los columpios.

Como la mayor parte de los mortales no he tenido más información que la que nos prestaban los medios de comunicación, y por aquí viene mi reflexión en este artículo. El rol que los medios han desempeñado en estas dos noticias merece como poco una crítica, una severa crítica ciudadana, y debería despertar en las personas que se informan a través de estos medios al menos una creciente dimensión de “crítica comparada”, vamos hablando en castellano viejo, que tenemos que contrastar siempre la información venga de donde venga, porque el más pintado te la puede dar con queso. Y en esas estamos cuándo leemos en una de las principales cabeceras titulares como, “la mirada del asesino”, o sabemos del día a día por conversaciones, incluso con los secuestradores, de lo que sucede en un barco secuestrado en las aguas de un Estado fallido y dónde allí la violencia es como las bicicletas en España, de lo más habitual, envalentonando a un grupo de desfallecidos sabiendo que tienen a un “país occidental” pendiente de ellos, o con pseudo-periodistas que arengan a gritar asesino a un inocente.

Todo ello sucede sin las más mínimas consecuencias porque, entre otras cosas, al día siguiente el medio que tituló “la mirada del asesino”, no dijo ni pruna, pero el corporativismo o la sensación de que la profesión está muy mal pesaba más que una real autocrítica por una metedura de pata tremenda y sobre todo injusta, muy injusta, y nadie o casi nadie hizo el más mínimo análisis.

Y esto ¿por qué ocurre?, pues sencillamente como en otras tantas cosas, porque no existe una relación de causa/consecuencia, porque un medio puede publicar, editar y emitir cualquier barbaridad o simplemente una mentira tendenciosa que nosotros el público “soberano” nos lo vamos a creer, porque el medio del mensaje tiene más crédito que el contenido en sí, sin ni siquiera establecer una sombra de duda o tal vez realizando una mínima “crítica comparada”.

O es que alguien no ha escuchado alguna vez la frase “lo vi por la televisión”.

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